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Ultras y Hooligans

lunes, 6 de agosto de 2012

Belgrano.

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Para los hinchas de Belgrano, amor sin fechas

Los miles de fanáticos del Pirata tuvieron otra alegría en la cancha de River...

Éxtasis. Belgrano vive con sus hinchas en el Monumental. Muchos estuvieron en aquel ascenso.
Para los hinchas de Belgrano, amor sin fechas

06/08/2012 00:00

Por José Santiago



Nadie sabe cómo. Pero pasó ayer en Buenos Aires. O, mejor dicho, en Córdoba y en los ojos de cada unos de los Piratas. Todo empezó en la isla de Los Patos, en los márgenes del río Suquía. Cerquita de la cancha de Belgrano, donde la Milonguita Heredia se puso de novio con el fútbol. Desde ahí partieron miles de barcos. No es verso. Nadie sabe cómo. Cuentan que Tito Cuellar timoneó una barca de madera. Y todos volvieron después de aquel 26 de junio inolvidable, cuando el ascenso ante River cambiaba para siempre la historia del fútbol. La historia de Juanca Olave, del Ruso Zielinski. Pero también la de Alberto, con sus ojos astillados de tanto llanto, o la de Raúl, que buscó en la Docta la plataforma para subirse al bondi y volver a Núñez.

Nadie sabe cómo. Pero es verdad. Aparecieron por el Río de la Plata, entre la niebla espesa, acaso como el mejor anuncio, de que Belgrano volvía a la tierra donde “Dios atiende”. Aunque, desde aquel ascenso, dicen que el Barba vende pósters de Farré en la feria de Once. Ese Belgrano castigado, que lloró cuando Talleres lo noqueaba por el Lute Oste, se puso de pie y no se rindió jamás. Y ahí estuvieron, en la altura de la platea Centenario, abrigados de gloria, con las cicatrices de los que se animan a vivir.

“El que espera algo de Belgrano, que no venga”, dice Marcos y agrega: “Estar acá te da ganas de vivir; es fácil estar en las buenas, la papa es no faltar cuando todo anda mal”, explica con un aliento a fernet que saldría en cualquier estudio de sangre. Él, como tantos otros, fue uno de los viajantes, de los héroes que pierden, que apuestan, que laburan, que no llegan a fin de mes, pero que sienten, y sentir es una fortuna, una virtud invisible, un gol de chilena en el barrio donde murió tu niñez.

Fantasma al acecho. En Buenos Aires cayó la niebla. Algunos peces salieron disparados por la orilla del río, asustados porque un Pirata apareció de golpe. Y ahora bajan a la costa, trepan por la avenida Lugones con el pecho inflado, con la garganta hecha pedazos de tanto grito, porque no lo van a dejar solo a su Belgrano. Sería como escupirle el asado a tu amigo, o sea, la minita con la que anda enceguecido.

“Jugar con ellos taba cantado, pero el hincha no mira esos negocios”, dice Guille Fassi en la esquina de Figueroa Alcorta y Quinteros. Justo ahí, en esa esquina donde se amontonan los visitantes. Llora otra vez Marcelo. “Entrar a esta cancha es volver al día más feliz como hincha. Subir la tribuna, otra vez todos juntos, pechando”, suelta y se pierde entre la muchedumbre.

A ellos nunca les importó lo que pudiera pasar después. Se trataba de no bajar los brazos, de abrazar al hijo, de mirar el cielo buscando a los que antes vinieron y ayer se quedaron mirándolo con Rodrigo. Con ese papá que les enseñó a cortar los clasificados del diario para soltarlos al viento.

Nadie sabe cómo. Miles de barcos usurparon el Monumental. Llegaron desde Córdoba dispuestos a dejar en claro que Belgrano es un amor sin fecha de vencimiento, el mejor lugar para morir, o un sueño que se vive con los ojos abiertos. Como el 2-1 de ayer…